Siempre me ha fascinado la historia, y cuando visito lugares con tanta belleza natural como las Islas Cíes, no puedo evitar imaginar cómo serían hace siglos. Mientras caminaba por la arena blanca de la playa de Rodas, me preguntaba cómo habrían sido las Islas Cíes en la época romana, mucho antes de que el turismo y la conservación ambiental marcaran su rostro actual.
Me gusta pensar que los romanos, con su obsesión por el comercio y la expansión, habrían visto en las Cíes un lugar estratégico. No para construir grandes ciudades, como en otros puntos de la costa atlántica, sino para aprovechar su posición en la ría de Vigo, un refugio seguro frente a las tormentas y un puerto natural para sus pequeñas embarcaciones. La isla debió ser más salvaje entonces: vegetación abundante, dunas en movimiento y acantilados que se alzaban como murallas naturales, protegidos del viento y el mar embravecido.
Mientras recorría los senderos que hoy nos llevan a miradores espectaculares, imaginaba a los romanos explorando estas mismas rocas, quizás buscando mariscos, pescando o incluso dejando pequeñas marcas de su presencia, como monedas, cerámicas o restos de sus utensilios. Seguramente se sorprendían por la abundancia de aves marinas y la riqueza del entorno, algo que también debía llamar la atención de los habitantes del continente.
El acceso a las islas en aquella época no era sencillo. Llegar en una embarcación pequeña desde la costa requería habilidad y valentía, sobre todo con las corrientes y el oleaje atlántico. Aun así, parece lógico pensar que los romanos las utilizaban como puntos de paso, vigilancia o incluso como lugares de descanso durante sus viajes por la ría. En mi mente, veía pequeñas fogatas junto a la playa, rituales cotidianos y el sonido del mar mezclándose con el murmullo de conversaciones en latín.
Lo que más me impacta es imaginar cómo las islas han cambiado desde entonces. Hoy son un paraíso natural protegido, con playas perfectas y senderos bien marcados, pero en la época romana eran un territorio salvaje y lleno de retos. Sin embargo, incluso entonces, debieron ofrecer ese mismo encanto que me hace volver una y otra vez: la sensación de estar en un lugar apartado del mundo, donde la naturaleza y la historia se encuentran y se entrelazan.
Paseando por las Cíes, siento que, de alguna manera, camino junto a los antiguos visitantes romanos, maravillándome por la misma belleza, descubriendo el mismo misterio que las ha hecho especiales durante siglos.