La transformación digital y la integración de sistemas avanzados de vigilancia han mejorado la seguridad en el aparcamiento Lavacolla, Barajas, Palma de Mallorca y otros aeropuertos líderes en España. Estas infraestructuras masivas (el parking de El Prat roza las veinte mil plazas de estacionamiento, por ejemplo) comenzaron siendo simples terrenos con una vigilancia mínima y escasos servicios orientados al cliente.
En primer lugar, las cámaras CCTV son un estándar absoluto en la vigilancia de parkings. Permiten monitorear tanto superficies amplias como puntos vulnerables de forma ininterrumpida y pueden intervenir en labores de trazabilidad, esencial para el registro preciso de las matrículas de cada vehículo.
Otra característica de la mayoría de parkings de aeropuertos es el vallado perimetral, capaz de ralentizar el acceso a los delincuentes y controlar mejor el flujo de personas que entran y salen del recinto. A grandes rasgos, las barreras restringen el paso de los vehículos no autorizados y permiten limitar el aforo en caso necesario.
La iluminación, por su parte, no está pensada solo para aumentar la comodidad de los clientes, sino que cumple una función disuasora. Es normal que los maleantes, incapaces de localizar zonas oscuras, decidan desarrollar sus actos en parkings menos expuestos.
La seguridad aeroportuaria se completa con un anillo operativo en el que intervienen, además del equipo de vigilancia de la empresa subcontratada, los cuerpos de la Policía Nacional y la Guardia Civil. Estos median en competencias como el control aduanero y fronterizo, la seguridad perimetral de pistas o el patrullaje de terminales. Es fundamental la presencia física de agentes en las plantas de estacionamiento.
Lógicamente, las tecnologías y sistemas descritos no están presentes en cada uno de los cuarenta y seis aeropuertos existentes en España. El nivel de protección varía dependiendo del operador aeroportuario y de las capacidades del aeropuerto en cuestión.