Cada vez que pongo un pie en la Illa de Ons, tengo la sensación de entrar en un reino donde la naturaleza marca el ritmo de una forma mucho más evidente que en el continente. Y uno de los directores de orquesta de esa sinfonía natural es, sin duda, el tiempo en illa de ons que puede variar bastante rápido. Visitar Ons, parte del Parque Nacional das Illas Atlánticas, es exponerse a la influencia directa del océano, y eso se traduce en un clima con una personalidad muy marcada, fascinante y, sobre todo, increíblemente cambiante. Olvídate de la monotonía climática; en Ons, el cielo es un lienzo en constante movimiento.
Lo primero que notas, casi siempre, es el viento. Puede ser una brisa marina suave y acariciante en un día tranquilo, o puede soplar con una fuerza considerable, especialmente si te aventuras hacia la costa oeste de la isla, la que mira de frente al vasto Atlántico. Este viento constante esculpe el paisaje y refresca el aire, pero también exige llevar siempre una capa extra. Porque la otra gran característica del tiempo en Ons es su variabilidad. He vivido mañanas que comienzan con un sol radiante y un cielo azul intenso, invitando a la playa, para que, en menos de una hora, una masa de nubes o una fresca bruma marina (néboa) avance desde el mar, transformando por completo la atmósfera y la temperatura. Ir preparado con ropa «por capas» no es una recomendación, es casi una necesidad.
Los días en Ons pueden ofrecer múltiples caras. He disfrutado de jornadas de verano espectaculares, con un sol que luce con fuerza –y que requiere protección, porque en muchas zonas de la isla apenas hay sombras–, perfectas para gozar de las aguas cristalinas de playas como Melide o Area dos Cans. Pero también he quedado atrapado por la magia de la néboa, esa niebla densa y húmeda que envuelve la isla, amortigua los sonidos y le da un aire misterioso y profundamente gallego a los caminos y acantilados. Y luego están las lluvias: aquí raramente se instala un sirimiri persistente; lo habitual son los chaparrones atlánticos, a veces intensos, pero que suelen pasar con relativa rapidez, dejando tras de sí un aire limpio, el brillo de la vegetación mojada y, con suerte, algún arcoíris sobre el mar.
Evidentemente, este carácter cambiante del tiempo condiciona la visita. Un día puede ser ideal para tostarse al sol en la playa, mientras que otro, quizás más nublado y ventoso, invita a recorrer los senderos que serpentean por la isla, disfrutando del paisaje sin pasar calor. Siempre consulto la previsión meteorológica antes de coger el barco en Bueu o Sanxenxo, pero soy consciente de que es solo una guía. La realidad en Ons puede desviarse del pronóstico. Además, no hay que olvidar que el estado del mar, dictado por el tiempo, es el que manda sobre el transporte marítimo; con temporal fuerte, las navieras pueden cancelar los viajes.
Para mí, lejos de ser un inconveniente, esta imprevisibilidad es parte intrínseca del encanto salvaje y natural de Ons. Es el Atlántico mostrando su carácter. Aceptar el tiempo que te toque –sea sol, viento, lluvia o niebla– y disfrutar de la belleza de la isla bajo esas condiciones es fundamental para conectar de verdad con este lugar único. Cada visita es diferente, marcada por el capricho del cielo, y eso la hace aún más especial.