Elegir el barco para las islas cies adecuado marca desde el primer momento cómo va a desarrollarse toda la aventura, porque esa travesía de menos de una hora ya anticipa el cambio de ritmo que te espera al otro lado. Siempre prefiero madrugar y optar por las salidas tempranas desde Vigo o Cangas, cuando el puerto aún está medio dormido y el mar suele estar en calma; el catamarán se desliza suave sobre las aguas de la ría, dejando atrás la ciudad y adentrándose en un azul que se va intensificando con cada minuto. Antes de nada, hay que asegurarse la autorización de la Xunta de Galicia, ese permiso imprescindible que se solicita online con antelación —a veces hasta meses— porque el cupo diario es limitado para preservar el ecosistema; sin él, ni el mejor barco te llevará a destino. Una vez confirmado el código, reservo con navieras como Mar de Ons o Nabia, que ofrecen horarios fiables y embarcaciones cómodas, con cubiertas abiertas donde el viento en la cara prepara los sentidos para lo que viene. El trayecto es parte de la experiencia: al salir de la ría, el horizonte se abre y empiezan a aparecer las siluetas de las islas, primero como manchas lejanas y luego como formas definidas, con Monteagudo y Faro unidas por ese istmo de arena blanca que es la playa de Rodas. Al atracar en el muelle, el aire huele diferente, más puro, y el camino hacia las dunas comienza casi de inmediato. Cruzar la ría en barco temprano permite llegar antes de que el sol pegue fuerte y encontrar la playa casi para uno solo; caminar descalzo sobre esa arena fina que parece harina, sentir cómo las dunas se elevan suaves hacia el interior de la isla y ver el agua cambiando de turquesa a esmeralda según la luz es una recompensa que justifica toda la planificación previa. He aprendido con los años que el mejor barco no es necesariamente el más rápido o el más grande, sino el que mejor se adapta al día: si el mar está revuelto, mejor uno estable y cubierto; si busco tranquilidad, uno con menos pasajeros. Las salidas de regreso por la tarde suelen ser más movidas, con el viento de poniente empujando, pero eso solo añade emoción a la despedida. La clave está en llegar con tiempo al puerto de salida —al menos media hora antes— para evitar agobios, y en llevar lo justo: agua, algo de protección solar y ganas de desconectar. Una vez en las Cíes, el ritmo se impone solo: caminar hacia el faro de la isla del Faro para vistas elevadas, o simplemente tumbarse en Rodas escuchando el rumor de las olas que moldean esas dunas perfectas. Es una navegación que no termina al bajar del barco, sino que continúa en cada paso por la arena, en cada mirada al horizonte donde el Atlántico recuerda que todo aquí es frágil y precioso.
Navegando hacia las dunas de Rodas
25 febrero, 2026